16 mayo, 2014

Métodos, exámenes y engaños

Estuvimos en #MalacaMMXIV , en las X Jornadas de CulturaClásica.com. Lo pasamos bien, como siempre.

Es un placer encontrarse cada año con estos inquietos docentes, siempre a la búsqueda de nuevos caminos para la enseñanza de las lenguas clásicas.

Lo malo de estas jornadas, y me ocurre en cada convocatoria, es que al día siguiente uno vuelve a estar solo en su instituto, frente a sus alumnos y a su selectividad, y las certezas paso a paso se van diluyendo para dejar de nuevo el camino abierto a las incertidumbres.

Mientras conducía de vuelta a casa pensaba en lo jodido que es esto de acertar con el método idóneo para la enseñanza del latín y el griego. Llego a la conclusión de que se trata de una decisión absolutamente personal, que no hay una vía única, que lo más importante es tener ganas de enseñar.

Pero, hagámonos un favor, cuando nos planteemos cómo queremos enseñar, pensemos en lo que puede ser mejor para nuestros alumnos, no en lo que nos gusta a nosotros. Puede que tú seas un fanboy de los análisis hiperbóreos, o que se apodere de ti un deliquio diacrónico al explicar la morfología de velle, pero, créeme, tal vez a tus alumnos no les diga nada y, lo que es peor, puede que tampoco les ayude a entender un texto.

De estas cosas hablábamos en la cena algunos compañeros -¡hasta dónde hemos llegado, queridos frikis!-, de cómo aprendimos y cómo nos gusta enseñar. Yo defendía que quizá el mayor error que cometamos pueda ser enseñar lenguas clásicas para traducir, no para leer, y que eso venía en cierto modo impuesto por el examen de selectividad. Hubo quien dijo que exigir una traducción está bien, que es ir un escalón más allá de la comprensión del texto. Y así es: traducir es un arte, y para eso estudian cuatro o cinco años en la universidad.

Si, al terminar segundo de bachillerato, un alumno es capaz de traducir César, Cicerón, Eutropio, Fedro, Platón, Lisias, Apolodoro o cualquier otro de los autores que figuran en las pruebas de selectividad, ¿para qué necesita estudiar cuatro años de Filología Clásica? ¿No será que estamos engañando a los chicos haciéndoles creer que traducen?, ¿no será que nos estaremos engañando a nosotros mismos al aceptar esas traducciones?, ¿no será que estarán participando del engaño todas las comisiones y correctores de selectividad dando esto por bueno?

Vives, en su De tradendis disciplinis:


No hay una vía única, cierto. Pero pretender que un alumno con apenas trescientas horas de vuelo "traduzca" los clásicos es, creo yo, una baladronada. Creo que hay que buscar otros criterios y fórmulas para evaluar la competencia lingüística en Latín y Griego al finalizar el Bachillerato, criterios y fórmulas flexibles que den cabida a cualquier propuesta metodológica. Y creo que este es un tema clave si queremos que los alumnos sigan optando por estudiar lenguas clásicas.

Lo cierto que es estuvimos en #MalacaMMXIV y disfrutamos. Ana y yo fuimos también a trabajar, pero solo de paso: estuvimos en una mesa redonda hablando sobre Clásicas y TIC, donde también estuvo Álvaro contando su Odisea, y después llevamos unos talleres para los compañeros.

Volveremos.




6 comentarios:

Ana Ovando dijo...

Qué reflejada me siento en tus palabras, Carole. Como de costumbre, vienes a poner en palabras concretas esas ideas que rondan por mi cabeza sin orden ni concierto (y sin genitivo patronímico).
Fue un privilegio compartir contigo escenario pero todavía más poder disfrutar de tu compañía en los otros ratos, esos que nos hacen personas y en los que tanto aprendo contigo. Muchas gracias por tu generosidad y por estar siempre ahí, compañero.

Mario del Río dijo...

A mí me pasa como a Ana.
Y también disfruté de #MalacaMMXIV, de las enseñanzas de todos los que expusieron sus métodos, experiencias,etc. y de vuestra compañía.

Gloria Leal dijo...

Lo jodido no es sólo acertar con el método de enseñanza del latín y griego, sino sencillamente acertar.
Cada alumno, cada profesor, es un mundo, y baja las escaleras como puede. Lo único que funciona, en mi opinión, es, como tú dices, tener ganas de enseñar, y añado, comprometerse y tratar de comunicar nuestro amor por Grecia y Roma.
¿Cómo? Pues adaptándose a las circunstancias: que si el grupo es pequeño, que si si van a ir a Selectividad o no, que si están más interesados en el conocimiento de la cultura de Grecia y Roma, que si, mira por dónde, te han tocado 4 frikis que adoran la gramática, que si tratas de introducir métodos diferentes y eso siempre cuesta...
Reflexionar sobre nuestro trabajo ya distingue. No debería ser así. Pero es.
Decidir no es fácil, y suscitar incertidumbres no es sólo bueno, sino fundamental.
Y perdonarnos nuestras pequeñas veleidades metodológicas, que el saber no ocupa lugar, siempre que uno lo está disfrutando.

Alexis Zorba dijo...

Atinada reflexión, y no menos atinado comentario el de Gloria. La cuestión es que la Selectividad nos condiciona completamente. Bueno, mejor las 17 selectividades, porque las diferencias entre comunidades son grandes... mi duda es si, para cuando por fin nos pongamos de acuerdo en qué es lo que realmente podemos ofrecer a nuestros alumnos, nuestras asignaturas, en especial el griego, seguirán existiendo.

Un abrazo, admirados compañeros.

Álvaro dijo...

Care Carlous, esto merece una reflexión en el pico de la mesa, que diría el Magnus Wyomensis.
Así que intervendré en este debate abierto desde http://divesgallaecia.blogspot.com
Espero no procastinar demasiado!

pd: como entenderían nuestros alumnos el palabro este sin un buen análisis morfológico de sus componentes, je, je..

Diego dijo...

Los profesores nos hemos puesto a buscar métodos alternativos para enseñar el latín cuando las reformas educativas nos han hecho competir con otras asignaturas en la oferta educativa. Los alumnos ahora nos pueden evitar, pueden pasar de nuestra materia, en la creencia de que no sirve para nada y además es difícil. Y ahora buscamos métodos que les hagan el recorrido del camino más dulce y ameno, para que estudien el latín como si fuera una lengua moderna, rellenando huecos, emparejando columnas y traduciendo frasecitas repetitivas hasta la saciedad e intranscendentes de las que deducen ellos mismos las reglas sintácticas y gramaticales, que a nadie le gusta estudiar e hincar codos (veremos a ver qué es de estos alumnos cuando lleguen a la universidad: tendrán que adaptarles nuevos métodos que les eviten el estudio y el esfuerzo). Nos dicen: en dos años no aprenden a traducir latín, no traducen a Virgilio, ni a César, ni a Catulo, no nos engañemos: el método tradicional es inútil. Es lo que alguien ha llamado por ahí La gran estafa de la Filología Clásica, asombrándose de que tras terminar la carrera no fuera capaz de traducir de manera tan ágil como un filólogo francés o inglés. Pero para mí precisamente la gran estafa es la que se quiere llevar a cabo ahora: enseñar latín y griego para no leer latín y griego, sino estúpidos fragmentos que a nadie importan, los que recopilan métodos como el Orberg y semejantes. Yo empecé a devanarme los sesos con los primeros versos de la Ilíada, porque me interesaba leer en griego el principio de la primera obra de la literatura occidental. Sinceramente, el genitivo ese extraño del Pelida, que nadie comprendía, me era indiferente y no lo comprendí en ese momento. Pero sí que lo pasé en grande aprendido con Homero adónde iban a parar las psuxai de los héroes. Eso es lo que da el griego y el latín, conocer el hombre a través de la literatura griega y latina. Aprender la lengua griega nos gustará a nosotros que somos filólogos, pero a los alumnos les da igual, al menos a la mayoría. No vamos a competir con el inglés, si no somos capaces de dar importancia a lo que verdaderamente la tiene. Y eso no lo hace el método Orberg. Puestos a elegir un idioma que sirva para algo podrán elegir otro como el chino, mucho más útiol y moderno... Pero el chino no les va a dar lo que les da Homero, aunque sean tres versos mal comprendidos y traducidos con mucha dificultad. Estamos pervirtiendo completamente el Humanismo de nuestras materias.